Creímos que Victoria era una persona sola en el mundo, que en sus largos años había perdido a toda su familia; pero nos equivocamos. La longeva señora Victoria (Vicky para los amigos) era la típica abuelita carismática e inteligente del vecindario, ella era de los más antiguos propietarios, por lo que nadie sabía cuando había llegado. Como ella vivía sola, no había tenido hijos y ya habían pasado años desde que falleció su esposo, cuando Vicky murió el vecindario pensó en velarla nosotros mismos, pero de improviso apareció una familia. Al comienzo estábamos escépticos, esas personas no se parecían en nada a la recatada y culta anciana; estas personas eran, más bien, de barrio, y después de las liturgias correspondientes ellos ocuparon la casa.
En una pequeña semana, los vecinos, pudimos apreciar el comportamiento radical de la familia. La familia en mención consistía de: un padre flaco, de estatura media, cara de malandrín, de perverso, que seguro a muchos le debe gustar; una madre desubicada, indiferente, tan solo le importaba ella; de una hermana mayor y primogénita, salía de noche y entraba de día, se vestía raro y casi ni la veíamos; de un hermano mayor, de pocas palabras, quizás cinco centímetro más alto que su padre; y de un hermano menor, tercero y último, un enano quisquillos e insoportable; ninguno de los hijos estudiaba. El nivel de la familia se apreciaba mejor con el último, el chiquillo era un inadaptado, el conocimiento de las matemáticas lo cambió por las fluidos versos soeces que hablaba.
Nada que ver con el hermano mayor, se llamaba Junior, este chico era la excepción. Muchas veces fui testigo de las discusiones que mantenía con su padre, no le gustaba la vida que llevaba y tenía razón. Este chico era un poco más alto que yo, trigueño, de contextura igual que su padre, de apariencia tosca pero era dócil, se reía como un loco, y su pelo estaba decolorado, seguro por el agua oxigenada. Un grupo de muchach
os y yo tratamos que saliera a, por lo menos, charlar con nosotros, salía de vez en cuando, sin ganas, era parco, pero aun así lo admitimos entre nosotros, era el único de ese clan familiar que era rescatable.
Una noche Junior tocó la puerta de mi casa, había discutido, una vez más, con su padre (no dijo el por qué), y me dijo si podía quedarse a dormir esa noche en mi casa. A mi mamá y a mi padrastro no le gustaron la idea; pero yo les convencí. Aunque él quería dormir en el sofá, cosa que tampoco hizo gracia, yo lo llevé a mi cuarto. Él había venido con un simple polo, short, y una mochilita, que adentro tenía ropa de cambio.
Como ya era muy de noche, nos fuimos directamente a mi dormitorio (que está en la última habitación del pasillo del segundo piso, mientras mis padres duermen al otro extremo) a dormir; no sin antes lavarme los dientes. Se lo mencioné a Junior y asintió con la cabeza. Dejé la puerta del baño, que está adentro de mi cuarto, sin cerrarse, sólo pegada, dejando una brecha de espacio. Me lavé los dientes. Mientras estaba en mi aseo, pude ver algo por la rendija de la puerta: Junior sacó de su mochila un paquetito, sé lo que era, pero no pensé que una persona como él la tuviera… Error… una persona como él la consigue rápido.
Despacio, abrió el paquete, que estaba doblado y vuelto a doblar, echó su contenido blanco en mi mesita de noche, hizo, con la misma envoltura, una delgada fila, luego, se agachó y con una fuerte inhalación, la escarcha blanca comenzó a llegar a su nariz. Después de esto, alzó su cabeza mirando hacia arriba y se tumbó en la cama; viró el rostro y vio que yo lo observaba. Ya había terminado lo mío, pasé adentro, busqué la toalla y sin apuros me sequé la cara. Me acerque a él y le pregunté haciéndome el ingenuo: -¿Qué haces?-. Nada, solo me relajo- me contestó. Vaya forma –insinué. Deberías probar, en serio, te r
elaja –Sin terminar la frase, sacó otro paquetito, con una sonrisa picara, me dijo Yo te enseño.
Como antes, volvió a ordenar en la mesita de noche otra porción de sustancia blanquecina. Tiene que ser rápido, no lo pienses mucho, para que puedas sentirlo pronto –me aconsejó. Imitándolo, aspiré veloz y fuerte, tanto que me tapó la nariz. Su risita apagada reflejaba lo cómico de la situación, seguro como en las películas tenía el rastro blanco en la nariz. Entre las tonterías que seguíamos comentándonos, nos echamos a la cama, un rato más escuchando lo que me contaba y me dormí.
En realidad no había dormido mucho, cuando me despierto con una terrible erección, probablemente de algún sueño erótico que ya me olvidé. A mi costado, chocando con mi espalda, estaba Junior que no hacía el menor ruido. No sé si por la lujuria de la erección o por la droga, tuve hambre de sexo… y Junior estaba al alcance. Me volteé, pegando mi pecho y pinga a su espalda y trasero. Mientras meneaba mi cadera, llevé una mano a su verga debajo de la ropa y la otra tocaba su culo. Conforme iba manipulando su pene, este crecía y se amoldaba en mi mano; ya estaba excitado. Acerqué mi boca y empecé a besar y chupetear su cuello, Eso me hace cosquillas –habló Junior.
Era él, que no pudo conciliar el sueño y se mantuvo en vela en esa corta noche, que ahora disfrutaba de mis caricias lascivas. Yo, de lo más tranquilo, continué con los roces; él se movía refregando su culo entre mi pinga. Al sentir sus abundantes fluidos de presemen, advierto que está próximo a acabar, lo giro y me llevo ese pene a la boca, solo bastó un par de succiones para que expulsara terribles segregaciones de esperma, las cuales no pude pasar todas y cayeron por las comisuras de mis labios. Aún con algo en mi boca, me agarró con fuerza y me dio un beso, en el que su lengua apretaba a la mía, y rebuscaba por el espacio.
Tras el beso, él mismo se dio la vuelta, y apareció ante mí unos glúteos chiquitos, redonditos, sin vellos, apetecibles. En bruces, me acomode encima de él, repartí los chupetones que tanto le hacían cosquillas y bajé; el dorso suave, por la columna vertebral; salté a los muslos, en medio de ellos, unas lamidas a los huevos que asomaban; y por fin a las nalgas. Con la punta de mi lengua puncé la línea de la raja, por abajo el perineo, y luego al ano. Escuché en el trayecto sus fuertes respiraciones queriendo callarlas, tensando su cuerpo, y mordiendo la almohada.
Su ano estaba caliente, se contraía y despacio fue dilatándose. Al estar bien lubricado, prosigo con los dedos, uno, dos, y al tercero dio un pequeño quejido que fue aplacado con la almohada. Pues, a esa misma almohada puse debajo de su abdomen, teniendo en mejor posición su culo. Apuntando con certeza al hoyo, volví en bruces sobre él, y dándole besos y caricias, lo penetré, mientras que con sus propias manos agarraba sus nalgas para separarlas más. Nuestros cuerpos perlados de sudor se juntaron, hacían fricción, él agitado, meneaba sus caderas hacia arriba al compás que yo lo hacía.
En esa pose, terminé, descargué todo lo que tenía. Nos separamos. Ahora te toca a ti –le dije. Me eche de espalda contra la cama, eleve mis piernas con las manos, enseñándole mi dispuesto culo. Lento, Junior se dirigió a mí, se colocó en mi pecho y con una mano en su verga lo envió a mi ano, falló. Trataba pero fallaba. Lo tiré boca arriba y me senté en él. Su verga, de regular tamaño para su edad, fue entrando con paciencia, por la falta de lubricación. Cuando llegué al tope, observé su cara de satisfacción que no había visto hasta ahora, que al verme, me regaló, una vez más, una sonrisa picara. Comencé a subir y a bajar. En un momento, Junior se alzó y buscó mis labios, mientras yo daba el subibaja, él me abrazaba, quedando mi pinga en medio de los movimientos bruscos de los dos cuerpos. Duró un buen tiempo en el cual yo acabé primero, vaciándome por segunda vez en la noche, esta vez en su estomago; luego él, mis contracciones anales ayudaron a que su eyaculación fuera más prolongada. Sudorosos nos echamos, descansamos unos minutos y nos limpiamos.
Déjenme decirles que esa familia no duró ni un mes en el vecindario. No porque la Junta Vecinal tocaba tod
os los días su puerta quejándose de lo que hacían; sino porque la señora Vicky tenía un fuerte atraso en los arbitrios y ellos, obviamente, no podían solventar esos gastos, y tampoco podían mantener esa casa residencial. Los advenedizos se fueron y fue un alivio para todos.
Creímos que Victoria era una persona sola en el mundo, que en sus largos años había perdido a toda su familia; pero nos equivocamos. La longeva señora Victoria (Vicky para los amigos) era la típica abuelita carismática e inteligente del vecindario, ella era de los más antiguos propietarios, por lo que nadie sabía cuando había llegado. Como ella vivía sola, no había tenido hijos y ya habían pasado años desde que falleció su esposo, cuando Vicky murió el vecindario pensó en velarla nosotros mismos, pero de improviso apareció una familia. Al comienzo estábamos escépticos, esas personas no se parecían en nada a la recatada y culta anciana; estas personas eran, más bien, de barrio, y después de las liturgias correspondientes ellos ocuparon la casa.
En una pequeña semana, los vecinos, pudimos apreciar el comportamiento radical de la familia. La familia en mención consistía de: un padre flaco, de estatura media, cara de malandrín, de perverso, que seguro a muchos le debe gustar; una madre desubicada, indiferente, tan solo le importaba ella; de una hermana mayor y primogénita, salía de noche y entraba de día, se vestía raro y casi ni la veíamos; de un hermano mayor, de pocas palabras, quizás cinco centímetro más alto que su padre; y de un hermano menor, tercero y último, un enano quisquillos e insoportable; ninguno de los hijos estudiaba. El nivel de la familia se apreciaba mejor con el último, el chiquillo era un inadaptado, el conocimiento de las matemáticas lo cambió por las fluidos versos soeces que hablaba.
Nada que ver con el hermano mayor, se llamaba Junior, este chico era la excepción. Muchas veces fui testigo de las discusiones que mantenía con su padre, no le gustaba la vida que llevaba y tenía razón. Este chico era un poco más alto que yo, trigueño, de contextura igual que su padre, de apariencia tosca pero era dócil, se reía como un loco, y su pelo estaba decolorado, seguro por el agua oxigenada. Un grupo de muchach
os y yo tratamos que saliera a, por lo menos, charlar con nosotros, salía de vez en cuando, sin ganas, era parco, pero aun así lo admitimos entre nosotros, era el único de ese clan familiar que era rescatable.
Una noche Junior tocó la puerta de mi casa, había discutido, una vez más, con su padre (no dijo el por qué), y me dijo si podía quedarse a dormir esa noche en mi casa. A mi mamá y a mi padrastro no le gustaron la idea; pero yo les convencí. Aunque él quería dormir en el sofá, cosa que tampoco hizo gracia, yo lo llevé a mi cuarto. Él había venido con un simple polo, short, y una mochilita, que adentro tenía ropa de cambio.
Como ya era muy de noche, nos fuimos directamente a mi dormitorio (que está en la última habitación del pasillo del segundo piso, mientras mis padres duermen al otro extremo) a dormir; no sin antes lavarme los dientes. Se lo mencioné a Junior y asintió con la cabeza. Dejé la puerta del baño, que está adentro de mi cuarto, sin cerrarse, sólo pegada, dejando una brecha de espacio. Me lavé los dientes. Mientras estaba en mi aseo, pude ver algo por la rendija de la puerta: Junior sacó de su mochila un paquetito, sé lo que era, pero no pensé que una persona como él la tuviera… Error… una persona como él la consigue rápido.
Despacio, abrió el paquete, que estaba doblado y vuelto a doblar, echó su contenido blanco en mi mesita de noche, hizo, con la misma envoltura, una delgada fila, luego, se agachó y con una fuerte inhalación, la escarcha blanca comenzó a llegar a su nariz. Después de esto, alzó su cabeza mirando hacia arriba y se tumbó en la cama; viró el rostro y vio que yo lo observaba. Ya había terminado lo mío, pasé adentro, busqué la toalla y sin apuros me sequé la cara. Me acerque a él y le pregunté haciéndome el ingenuo: -¿Qué haces?-. Nada, solo me relajo- me contestó. Vaya forma –insinué. Deberías probar, en serio, te r
elaja –Sin terminar la frase, sacó otro paquetito, con una sonrisa picara, me dijo Yo te enseño.
Como antes, volvió a ordenar en la mesita de noche otra porción de sustancia blanquecina. Tiene que ser rápido, no lo pienses mucho, para que puedas sentirlo pronto –me aconsejó. Imitándolo, aspiré veloz y fuerte, tanto que me tapó la nariz. Su risita apagada reflejaba lo cómico de la situación, seguro como en las películas tenía el rastro blanco en la nariz. Entre las tonterías que seguíamos comentándonos, nos echamos a la cama, un rato más escuchando lo que me contaba y me dormí.
En realidad no había dormido mucho, cuando me despierto con una terrible erección, probablemente de algún sueño erótico que ya me olvidé. A mi costado, chocando con mi espalda, estaba Junior que no hacía el menor ruido. No sé si por la lujuria de la erección o por la droga, tuve hambre de sexo… y Junior estaba al alcance. Me volteé, pegando mi pecho y pinga a su espalda y trasero. Mientras meneaba mi cadera, llevé una mano a su verga debajo de la ropa y la otra tocaba su culo. Conforme iba manipulando su pene, este crecía y se amoldaba en mi mano; ya estaba excitado. Acerqué mi boca y empecé a besar y chupetear su cuello, Eso me hace cosquillas –habló Junior.
Era él, que no pudo conciliar el sueño y se mantuvo en vela en esa corta noche, que ahora disfrutaba de mis caricias lascivas. Yo, de lo más tranquilo, continué con los roces; él se movía refregando su culo entre mi pinga. Al sentir sus abundantes fluidos de presemen, advierto que está próximo a acabar, lo giro y me llevo ese pene a la boca, solo bastó un par de succiones para que expulsara terribles segregaciones de esperma, las cuales no pude pasar todas y cayeron por las comisuras de mis labios. Aún con algo en mi boca, me agarró con fuerza y me dio un beso, en el que su lengua apretaba a la mía, y rebuscaba por el espacio.
Tras el beso, él mismo se dio la vuelta, y apareció ante mí unos glúteos chiquitos, redonditos, sin vellos, apetecibles. En bruces, me acomode encima de él, repartí los chupetones que tanto le hacían cosquillas y bajé; el dorso suave, por la columna vertebral; salté a los muslos, en medio de ellos, unas lamidas a los huevos que asomaban; y por fin a las nalgas. Con la punta de mi lengua puncé la línea de la raja, por abajo el perineo, y luego al ano. Escuché en el trayecto sus fuertes respiraciones queriendo callarlas, tensando su cuerpo, y mordiendo la almohada.
Su ano estaba caliente, se contraía y despacio fue dilatándose. Al estar bien lubricado, prosigo con los dedos, uno, dos, y al tercero dio un pequeño quejido que fue aplacado con la almohada. Pues, a esa misma almohada puse debajo de su abdomen, teniendo en mejor posición su culo. Apuntando con certeza al hoyo, volví en bruces sobre él, y dándole besos y caricias, lo penetré, mientras que con sus propias manos agarraba sus nalgas para separarlas más. Nuestros cuerpos perlados de sudor se juntaron, hacían fricción, él agitado, meneaba sus caderas hacia arriba al compás que yo lo hacía.
En esa pose, terminé, descargué todo lo que tenía. Nos separamos. Ahora te toca a ti –le dije. Me eche de espalda contra la cama, eleve mis piernas con las manos, enseñándole mi dispuesto culo. Lento, Junior se dirigió a mí, se colocó en mi pecho y con una mano en su verga lo envió a mi ano, falló. Trataba pero fallaba. Lo tiré boca arriba y me senté en él. Su verga, de regular tamaño para su edad, fue entrando con paciencia, por la falta de lubricación. Cuando llegué al tope, observé su cara de satisfacción que no había visto hasta ahora, que al verme, me regaló, una vez más, una sonrisa picara. Comencé a subir y a bajar. En un momento, Junior se alzó y buscó mis labios, mientras yo daba el subibaja, él me abrazaba, quedando mi pinga en medio de los movimientos bruscos de los dos cuerpos. Duró un buen tiempo en el cual yo acabé primero, vaciándome por segunda vez en la noche, esta vez en su estomago; luego él, mis contracciones anales ayudaron a que su eyaculación fuera más prolongada. Sudorosos nos echamos, descansamos unos minutos y nos limpiamos.
Déjenme decirles que esa familia no duró ni un mes en el vecindario. No porque la Junta Vecinal tocaba tod
os los días su puerta quejándose de lo que hacían; sino porque la señora Vicky tenía un fuerte atraso en los arbitrios y ellos, obviamente, no podían solventar esos gastos, y tampoco podían mantener esa casa residencial. Los advenedizos se fueron y fue un alivio para todos.


