Llevaba con Pablo más de seis años de pareja. Como suele pasar en todas las relaciones, con el tiempo uno puede visualizar claramente las muy diferenciadas etapas y procesos, en nuestra pareja sucedía lo mismo.
Cuatro años iniciales sostenidos por la afectuosidad y la confianza que un día de pronto comenzaron a formar parte del pasado para darle paso a la pasión, la locura, el desenfreno. Ese giro no era caprichoso. Una situación de infidelidad de su parte puso en evidencia su temperamento y salieron a la luz otras situaciones parecidas hasta ese momento para mi desconocidas. Todo ese pasado de confianza tácita quedó teñido de oscuro.
Esa segunda etapa que iniciamos si bien tuvo la ventaja de saber más cada uno del otro, de sus instintos, sus pasiones ya puestas a la luz, también tenía la sombra eterna de la sospecha y de la duda. En ese proceso supe que hacer el amor tres o cuatro veces a la semana era casi nada para él.
Él necesitaba del sexo cotidianamente y no sólo una vez al día. En esos momentos de sinceridad en medio de una situación al riesgo del naufragio las confesiones tenían un solo objetivo. Lograr reacomodarnos y probar si funcionaba. “Yo me masturbo entre dos y tres veces por día” me dijo Pablo en una oportunidad. Esa confesión de su parte llenó mi cabeza de fantasmas. Durante la primera etapa posterior a la reconciliación follábamos dos veces cada noche.
Cada vez mas pasión, más juegos, más sexo, y más...
Así fueron apareciendo otras posibilidades de excitación, como contarnos nuestras fantasías, las historias sexuales previas a nuestra relación, etc…Descubrimos la estimulación visual, auditiva, las fantasías y la imaginación empezó a tomar un peso hasta ahora ausente entre nosotros. Una noche a la hora en que nos juntábamos como todas las noches a la salida de los trabajos de ambos, después de comer unas pizzas me sugirió ir a un cine porno en el que programaban un par de películas gay. Tres horas sentados en las butacas viendo hombres hermosos luciendo sus capacidades amatorias nos excitó desde el primer minuto que nos sentamos hasta que nos fuímos. Mientras las escenas se sucedían en la pantalla, nuestros pantalones reventaban impulsados por nuestras pollas inflamadas de deseos.
En esa sórdida penumbra, sólo podíamos tocarnos disimuladamente sobre nuestras ropas. En algún momento de circunstancial oscuridad nos besábamos urgentemente.
Salimos del cine y cogimos el autobús hasta su casa donde ambos vivíamos con su madre. Nos sentamos en el último asiento y, el largo recorrido, no pudo contra la calentura que habíamos logrado obtener.
Nos mirábamos con complicidad pensando que en pocos minutos estaríamos a solas en nuestro cuarto. Nuestros cuerpos casi pegados sentían el roce como una posesión o casi un acto erótico. Pocos minutos más transcurrieron para terminar nuestro viaje. Yo tratando disimuladamente debajo de mi abrigo de dejar todo en orden para poder pararme y bajar dignamente del autobús. Lo pude hacer sin mucha dificultad y me levanté tratando de ocultar con el abrigo mi bulto delator. Su madre ya dormía y así, como veníamos, entramos a nuestro cuarto casi desvistiéndonos en el camino.
Nuestras bocas no se separaron desde que la puerta se cerró, así besándonos apasionadamente, nuestras manos luchaban por dejar nuestros cuerpos desnudos a la mayor brevedad. Con los pies nos ayudamos a quitarnos el calzado. Sus manos desataban mi cinturón y las mías hacían lo mismo con el de él. Así pudimos abrir nuestras cremalleras, y nuestras pollas durísimas se juntaron acariciándose, rozándose, mientras nuestras manos seguían en la tarea de desnudarnos lo antes posible. Los pantalones a la altura de las rodillas, nuestras camisas abiertas totalmente permitían a nuestros cuerpos tomar contacto con la piel del otro. En ese momento y, recordándolo tiempo después, ambos reconocimos que hubiéramos deseado ser pulpos. Necesitábamos más brazos y más manos para calmar nuestra sed.
Así seguíamos aún de pie entre las dos camas. Su boca comenzó el anhelado descenso desde mi boca, pasando por mi cuello, mi pecho, mis tetillas, mi vientre, mi pelvis, hasta que se detuvo totalmente a escasos dos centímetros de mi polla. Yo miraba de pie ansiosamente esperando el momento sublime de sentir su boca tibia tomar contacto con mi glande. Me encontré con su mirada, su sonrisa y su rostro que, con expresión infantil, me preguntó: ¿Puedo?. Mis manos tomaron ambos lados de su rostro y el movió su cabeza para besarlas.
Uno a uno besó mis dedos, la palma de mi mano, mientras las suyas recorrían desde mi pecho hasta mis rodillas acariciándome lentamente y a la par terminaba de desnudarme sacando totalmente mis pantalones y mis boxer. Su boca siguió el mismo recorrido de sus manos, besando mis rodillas, mis muslos, mis pies. Hizo que me diese la vuelta y quedase a espaldas de él. Su boca siguió recorriendo mis piernas, demorándose curiosamente en la parte posterior a mis rodillas.
Comencé a darme cuenta en ese momento que todo mi cuerpo era posible erotizarlo, que todo mi cuerpo era sexo. Su boca seguía en mis rodillas mientras sus manos acariciaban suavemente mis nalgas, mi cintura. Su boca siguió subiendo hasta mis nalgas, rozó suavemente mi ano y siguió por mis caderas, mi cintura, mi espalda mi cuello, sus manos en mi pecho, su boca en mis orejas, y sentí la tibieza de su polla rozar mi entrepierna. Mis manos se deslizaron hasta ella rozando simultáneamente mis testículos y mi polla. Sentí sus brazos fuertemente tomar mi torso, mientras su boca y la mía se buscaban ansiosamente. Los dos parados entre las dos camas prorrogando conscientemente los instantes más ardientes. Sin movernos del lugar, estiré mi mano hasta la cama de él y tomé el edredón de plumas que la cubría y lo arrojé al suelo.
Él, aún de espaldas, comenzó el descenso de mi cuerpo con su boca y con sus ardientes manos. Yo, hasta ese momento, no era más que un maniquí de pie, poco podía hacer además de sentir sus estímulos. Su boca mordía dulcemente mis nalgas, mientras sus manos acariciaban sutilmente mis testículos. Subió con su lengua a mi cintura y comenzó a descender poniéndose de esa manera en posición natural para poder chupar totalmente mi polla.
Su cabeza entre mis piernas y mis movimientos de coito dentro de su boca. Lentamente comenzó a deslizarse por mi cuerpo, él siempre abajo y en la misma posición hasta que nuestras bocas se encontraron. Mi cuerpo quedó cubriendo totalmente el suyo. Estiré mi brazo para apagar la luz de la mesa de noche. La poca claridad que entraba por la ventana, nos alcanzó a los pocos minutos para vernos sin problemas y esa claridad le daba a los cuerpos un brillo extraño, absolutamente sensual.
Así estuvimos unos instantes, besándonos apasionadamente, acariciándonos, mientras nuestros cuerpos se movían gozándose uno con el otro al igual que nuestras pollas y nuestros testículos. Comencé mi descenso por su cuello, su pecho, sus tetillas que eran su punto erógeno por excelencia. Mientras, él se retorcía en la cama buscando con sus movimientos que mi boca llegará a sus puntos más calientes. Salté de su ombligo directamente a la entrepierna, besé los alrededores de su ano, subí a sus testículos mientras veía como sus manos apretaban sus tetillas. Mi lengua con suaves movimientos acariciaban todo su pubis sin tocar para nada su polla.
Él se movía buscando que mi boca se encontrase con ella y yo a propósito prorrogaba aún mas ese momento. Comencé desde el nacimiento, besaba cada centímetro dando la vuelta con mi boca a todo el perímetro de ese centímetro. Subía otro poquito, mientras mis manos seguían acariciando su ano, sus bolas. Así, lentamente, fui ascendiendo sus casi 18 centímetros hasta llegar a su glande. Jugué unos minutos con mi lengua besándolo lentamente, dulcemente trataba de lamer el interior de su orificio. Sentí su gemido de placer estallar en el momento en que su polla entró dulcemente en mi boca. Subía y bajaba mi cabeza lamiéndola. Moví mi cuerpo acercando mi pelvis a su cabeza y él inmediatamente comenzó a repetir mis movimientos sobre mi pubis. Toda nuestra calentura y nuestra pasión estaban localizadas en nuestras bocas, nuestras manos, las lenguas. Acercamos nuestras bocas entre si, nos besábamos mientras nuestras manos seguían acariciando los genitales del otro. Mi boca comenzó nuevamente a descender por su tórax mientras mi cuerpo giraba en posición boca abajo sobre su cuerpo. Quedé nuevamente en posición de perrito con mi pubis sobre su cabeza.
Él, ansiosamente, llevó nuevamente su boca a mi polla y yo hice lo mismo con la de él haciendo ambos movimientos de coito. Así estuvimos un par de minutos hasta que con mis brazos levanté sus piernas para lograr cómodamente poder lamer su entrepierna y su ano. Él comenzó a lamer el mío. Nuestras lenguas trataban de entrar dentro del otro. Nuestro movimiento de coito proseguía rozando nuestras pollas con el pecho del otro.
El placer era infinito. Era todo nuestro cuerpo que sentía la presencia total del otro. Metía su polka en mi boca moviendo mi cabeza y su cuerpo a ritmos coordinados mi pija en su boca repetía el placer invertido. Bajaba por sus testículos besando toda su entrepierna, lamiendo su piel, mordiendo dulcemente sus bolas... rodeando mi lengua su ano que sentía dilatarse de placer. De vez en cuando me separaba y trataba de mirar entre los cuerpos veía mi pija entrar y salir de su boca eso doblaba mi placer y mis movimientos en busca de mayor excitación se hacían más rápidos. Luego retiraba mi polla y le ofrecía mis testículos como placer visual total y absolutamente excitante Yo comencé realizar movimientos rápidos aprovechando esa totalidad adentro suyo.
Volteamos nuevamente nuestros cuerpos quedando ambos apoyados nuevamente en el edredón, retomando sin parar nuestro beso negro. De pronto su mano izquierda se acercó a mi mano izquierda untándome los dedos con lubricante. Comenzamos a acariciarnos nuestros anos con los dedos mientras nuestras bocas gozaban de nuestras pollas y testículos. Sentí uno de sus dedos que con inmensa dulzura entraba lentamente en mi ano. Eso duplicó largamente mi placer, mi excitación.
Hice lo mismo y sentí como su polla se inflamaba más dentro de mi boca. Sentí su gemido de placer y eso excitaba más el mío. Ambos seguíamos haciendo movimientos de coito gozando en la boca del otro y gozando los dedos adentro nuestro. Ese movimiento lento y placentero comenzó a acelerar su ritmo. Con creciente excitación, cada uno trataba de meter dentro del ano del otro más dedos el placer iba aumentando de una manera incontrolable.
Sentí de pronto que su glande se inflamaba más al momento en que su mano tomaba mi cabeza apretándola contra su polla. Seguíamos moviéndonos mas rápido hasta que sentí su gemido explotar en el momento en que se leche golpeaba con fuerza sobre mi paladar. Nunca había bebido su leche y esa noche al tenerla en mi boca sentía un extraño placer, una excitación que no había tenido nunca antes. Me volqué de espaldas y mientras el besaba mis testículos y me cogía con los dedos, un placer infinito me abrazaba desde mis pies a mi nuca logré acabar sintiendo una fuerza tremenda en mi eyaculación que los chorros de leche saltaron hasta mi cara, mi pelo. Él se fue acercando hacia mi nuevamente bebiendo lo poco que quedaba en mi polla y recorriendo mi cara y mi cuello en busca del resto. Nos besamos largamente intercambiando sabores. Así quedamos tendidos sobre el edredón unos minutos. Sentí algo de frío. Estiré mi brazo para tomar el otro edredón y las almohadas. Nos cubrimos abrazados apretadamente. Ambos tácitamente preferimos no hablar, no decirnos nada, sólo sentirnos. Sólo nos movíamos apenas para besarnos silenciosamente.
Su cabeza apoyada sobre mi hombro y mi brazo derecho cruzaba por debajo de su cuello y mi mano apoyada sobre su brazo derecho. Ambos sólo teníamos un brazo liberado que de vez en cuando se movía para ejecutar alguna caricia acompañando nuestros besos. Acercando su mano a mi rostro para besarme, me dijo ¡ Te quiero tanto!. Yo sentía que sus palabras producían en mi en ese momento un efecto afrodisíaco. Creo que esa fue su intención porque su mano se deslizó directamente a mi polla que ya estaba dura. Me volví con mi cuerpo hacia él, acariciando desde su rostro a su pelvis. Su polla estaba tan dura como la mía. Me acosté sobre él permitiendo que nuestros cuerpos y nuestras pelvis se tocaran totalmente. No necesitamos mucho para retomar la pasión. El recuerdo de lo que habíamos disfrutado minutos atrás nos llenó de deseo nuevamente. Me senté sobre sus muslos dejando ambas pollas juntas. Puse saliva en mis manos y comencé a acariciarlas. Su cuerpo respondió con movimientos de ascenso y descenso. Nos movíamos al principio lentamente, buscando mas roce y mas placer mientras nos masturbábamos lentamente. El placer era inmenso y creciente.
Él se incorporó dándome la espalda y buscando con su ano mi polla. Se movía sobre ella acariciando el borde de su ano. Mis manos acariciaban sus nalgas, su cintura, su espalda. Sus manos, mis piernas, mis testículos y mi ano. Lubricó con abundancia mi polla y lentamente la fue introduciendo dentro de él. Salía unos instantes y volvía a introducirla. La luz que entraba por la ventana recortaba su cuerpo y yo podía ver a contraluz como iba penetrándolo, el entrar y salir de su cuerpo.
Se incorporó y se acostó sobre mi cuerpo, nos besábamos. Levanté mis rodillas para dejar mi polla en mejor dirección a su ano. Puse una almohada debajo de mi cola para lograr una penetración más profunda. Él se puso en cuclillas y comenzó a moverse, al principio lentamente. Yo lubriqué mi mano derecha y comencé a masturbarlo. Ese estímulo hizo que el acrecentara el ritmo de sus movimientos sobre mi polla. Yo gozaba inmensamente no sólo sintiendo como su ano recibía cálidamente mi polla sino que además su perfil a contraluz era como una película de nosotros mismos. Mientras más rápido se movía sobre mi, mas rápido movía mi mano sobre su polla. Con una de sus manos comenzó a acariciar mi ano, cuando metió sus dedos sentí que mi polla se endurecía aún más. Nuestra respiración denotaba que su excitación iba llevándonos al clímax. Sentí que su ano apretaba con fuerza mi polla, su cola contra mi pelvis buscando más y su movimiento se aceleraba. Sentí en mi mano que su polla reventaba y así fue. Se incorporó metiéndola en mi boca y su leche llenó nuevamente mi boca en el mismo momento que mi polla explotaba y derramaba mi leche en su espalda.
Me besó y con su lengua buscaba su leche en mi boca. Seguimos besándonos. Su boca se apoyo sobre mi cuello quedamos así abrazados nos envolvimos en el edredón y seguimos así unos minutos. No se cuantos porque poco después nos dormimos.
Llevaba con Pablo más de seis años de pareja. Como suele pasar en todas las relaciones, con el tiempo uno puede visualizar claramente las muy diferenciadas etapas y procesos, en nuestra pareja sucedía lo mismo.
Cuatro años iniciales sostenidos por la afectuosidad y la confianza que un día de pronto comenzaron a formar parte del pasado para darle paso a la pasión, la locura, el desenfreno. Ese giro no era caprichoso. Una situación de infidelidad de su parte puso en evidencia su temperamento y salieron a la luz otras situaciones parecidas hasta ese momento para mi desconocidas. Todo ese pasado de confianza tácita quedó teñido de oscuro.
Esa segunda etapa que iniciamos si bien tuvo la ventaja de saber más cada uno del otro, de sus instintos, sus pasiones ya puestas a la luz, también tenía la sombra eterna de la sospecha y de la duda. En ese proceso supe que hacer el amor tres o cuatro veces a la semana era casi nada para él.
Él necesitaba del sexo cotidianamente y no sólo una vez al día. En esos momentos de sinceridad en medio de una situación al riesgo del naufragio las confesiones tenían un solo objetivo. Lograr reacomodarnos y probar si funcionaba. “Yo me masturbo entre dos y tres veces por día” me dijo Pablo en una oportunidad. Esa confesión de su parte llenó mi cabeza de fantasmas. Durante la primera etapa posterior a la reconciliación follábamos dos veces cada noche.
Cada vez mas pasión, más juegos, más sexo, y más...
Así fueron apareciendo otras posibilidades de excitación, como contarnos nuestras fantasías, las historias sexuales previas a nuestra relación, etc…Descubrimos la estimulación visual, auditiva, las fantasías y la imaginación empezó a tomar un peso hasta ahora ausente entre nosotros. Una noche a la hora en que nos juntábamos como todas las noches a la salida de los trabajos de ambos, después de comer unas pizzas me sugirió ir a un cine porno en el que programaban un par de películas gay. Tres horas sentados en las butacas viendo hombres hermosos luciendo sus capacidades amatorias nos excitó desde el primer minuto que nos sentamos hasta que nos fuímos. Mientras las escenas se sucedían en la pantalla, nuestros pantalones reventaban impulsados por nuestras pollas inflamadas de deseos.
En esa sórdida penumbra, sólo podíamos tocarnos disimuladamente sobre nuestras ropas. En algún momento de circunstancial oscuridad nos besábamos urgentemente.
Salimos del cine y cogimos el autobús hasta su casa donde ambos vivíamos con su madre. Nos sentamos en el último asiento y, el largo recorrido, no pudo contra la calentura que habíamos logrado obtener.
Nos mirábamos con complicidad pensando que en pocos minutos estaríamos a solas en nuestro cuarto. Nuestros cuerpos casi pegados sentían el roce como una posesión o casi un acto erótico. Pocos minutos más transcurrieron para terminar nuestro viaje. Yo tratando disimuladamente debajo de mi abrigo de dejar todo en orden para poder pararme y bajar dignamente del autobús. Lo pude hacer sin mucha dificultad y me levanté tratando de ocultar con el abrigo mi bulto delator. Su madre ya dormía y así, como veníamos, entramos a nuestro cuarto casi desvistiéndonos en el camino.
Nuestras bocas no se separaron desde que la puerta se cerró, así besándonos apasionadamente, nuestras manos luchaban por dejar nuestros cuerpos desnudos a la mayor brevedad. Con los pies nos ayudamos a quitarnos el calzado. Sus manos desataban mi cinturón y las mías hacían lo mismo con el de él. Así pudimos abrir nuestras cremalleras, y nuestras pollas durísimas se juntaron acariciándose, rozándose, mientras nuestras manos seguían en la tarea de desnudarnos lo antes posible. Los pantalones a la altura de las rodillas, nuestras camisas abiertas totalmente permitían a nuestros cuerpos tomar contacto con la piel del otro. En ese momento y, recordándolo tiempo después, ambos reconocimos que hubiéramos deseado ser pulpos. Necesitábamos más brazos y más manos para calmar nuestra sed.
Así seguíamos aún de pie entre las dos camas. Su boca comenzó el anhelado descenso desde mi boca, pasando por mi cuello, mi pecho, mis tetillas, mi vientre, mi pelvis, hasta que se detuvo totalmente a escasos dos centímetros de mi polla. Yo miraba de pie ansiosamente esperando el momento sublime de sentir su boca tibia tomar contacto con mi glande. Me encontré con su mirada, su sonrisa y su rostro que, con expresión infantil, me preguntó: ¿Puedo?. Mis manos tomaron ambos lados de su rostro y el movió su cabeza para besarlas.
Uno a uno besó mis dedos, la palma de mi mano, mientras las suyas recorrían desde mi pecho hasta mis rodillas acariciándome lentamente y a la par terminaba de desnudarme sacando totalmente mis pantalones y mis boxer. Su boca siguió el mismo recorrido de sus manos, besando mis rodillas, mis muslos, mis pies. Hizo que me diese la vuelta y quedase a espaldas de él. Su boca siguió recorriendo mis piernas, demorándose curiosamente en la parte posterior a mis rodillas.
Comencé a darme cuenta en ese momento que todo mi cuerpo era posible erotizarlo, que todo mi cuerpo era sexo. Su boca seguía en mis rodillas mientras sus manos acariciaban suavemente mis nalgas, mi cintura. Su boca siguió subiendo hasta mis nalgas, rozó suavemente mi ano y siguió por mis caderas, mi cintura, mi espalda mi cuello, sus manos en mi pecho, su boca en mis orejas, y sentí la tibieza de su polla rozar mi entrepierna. Mis manos se deslizaron hasta ella rozando simultáneamente mis testículos y mi polla. Sentí sus brazos fuertemente tomar mi torso, mientras su boca y la mía se buscaban ansiosamente. Los dos parados entre las dos camas prorrogando conscientemente los instantes más ardientes. Sin movernos del lugar, estiré mi mano hasta la cama de él y tomé el edredón de plumas que la cubría y lo arrojé al suelo.
Él, aún de espaldas, comenzó el descenso de mi cuerpo con su boca y con sus ardientes manos. Yo, hasta ese momento, no era más que un maniquí de pie, poco podía hacer además de sentir sus estímulos. Su boca mordía dulcemente mis nalgas, mientras sus manos acariciaban sutilmente mis testículos. Subió con su lengua a mi cintura y comenzó a descender poniéndose de esa manera en posición natural para poder chupar totalmente mi polla.
Su cabeza entre mis piernas y mis movimientos de coito dentro de su boca. Lentamente comenzó a deslizarse por mi cuerpo, él siempre abajo y en la misma posición hasta que nuestras bocas se encontraron. Mi cuerpo quedó cubriendo totalmente el suyo. Estiré mi brazo para apagar la luz de la mesa de noche. La poca claridad que entraba por la ventana, nos alcanzó a los pocos minutos para vernos sin problemas y esa claridad le daba a los cuerpos un brillo extraño, absolutamente sensual.
Así estuvimos unos instantes, besándonos apasionadamente, acariciándonos, mientras nuestros cuerpos se movían gozándose uno con el otro al igual que nuestras pollas y nuestros testículos. Comencé mi descenso por su cuello, su pecho, sus tetillas que eran su punto erógeno por excelencia. Mientras, él se retorcía en la cama buscando con sus movimientos que mi boca llegará a sus puntos más calientes. Salté de su ombligo directamente a la entrepierna, besé los alrededores de su ano, subí a sus testículos mientras veía como sus manos apretaban sus tetillas. Mi lengua con suaves movimientos acariciaban todo su pubis sin tocar para nada su polla.
Él se movía buscando que mi boca se encontrase con ella y yo a propósito prorrogaba aún mas ese momento. Comencé desde el nacimiento, besaba cada centímetro dando la vuelta con mi boca a todo el perímetro de ese centímetro. Subía otro poquito, mientras mis manos seguían acariciando su ano, sus bolas. Así, lentamente, fui ascendiendo sus casi 18 centímetros hasta llegar a su glande. Jugué unos minutos con mi lengua besándolo lentamente, dulcemente trataba de lamer el interior de su orificio. Sentí su gemido de placer estallar en el momento en que su polla entró dulcemente en mi boca. Subía y bajaba mi cabeza lamiéndola. Moví mi cuerpo acercando mi pelvis a su cabeza y él inmediatamente comenzó a repetir mis movimientos sobre mi pubis. Toda nuestra calentura y nuestra pasión estaban localizadas en nuestras bocas, nuestras manos, las lenguas. Acercamos nuestras bocas entre si, nos besábamos mientras nuestras manos seguían acariciando los genitales del otro. Mi boca comenzó nuevamente a descender por su tórax mientras mi cuerpo giraba en posición boca abajo sobre su cuerpo. Quedé nuevamente en posición de perrito con mi pubis sobre su cabeza.
Él, ansiosamente, llevó nuevamente su boca a mi polla y yo hice lo mismo con la de él haciendo ambos movimientos de coito. Así estuvimos un par de minutos hasta que con mis brazos levanté sus piernas para lograr cómodamente poder lamer su entrepierna y su ano. Él comenzó a lamer el mío. Nuestras lenguas trataban de entrar dentro del otro. Nuestro movimiento de coito proseguía rozando nuestras pollas con el pecho del otro.
El placer era infinito. Era todo nuestro cuerpo que sentía la presencia total del otro. Metía su polka en mi boca moviendo mi cabeza y su cuerpo a ritmos coordinados mi pija en su boca repetía el placer invertido. Bajaba por sus testículos besando toda su entrepierna, lamiendo su piel, mordiendo dulcemente sus bolas... rodeando mi lengua su ano que sentía dilatarse de placer. De vez en cuando me separaba y trataba de mirar entre los cuerpos veía mi pija entrar y salir de su boca eso doblaba mi placer y mis movimientos en busca de mayor excitación se hacían más rápidos. Luego retiraba mi polla y le ofrecía mis testículos como placer visual total y absolutamente excitante Yo comencé realizar movimientos rápidos aprovechando esa totalidad adentro suyo.
Volteamos nuevamente nuestros cuerpos quedando ambos apoyados nuevamente en el edredón, retomando sin parar nuestro beso negro. De pronto su mano izquierda se acercó a mi mano izquierda untándome los dedos con lubricante. Comenzamos a acariciarnos nuestros anos con los dedos mientras nuestras bocas gozaban de nuestras pollas y testículos. Sentí uno de sus dedos que con inmensa dulzura entraba lentamente en mi ano. Eso duplicó largamente mi placer, mi excitación.
Hice lo mismo y sentí como su polla se inflamaba más dentro de mi boca. Sentí su gemido de placer y eso excitaba más el mío. Ambos seguíamos haciendo movimientos de coito gozando en la boca del otro y gozando los dedos adentro nuestro. Ese movimiento lento y placentero comenzó a acelerar su ritmo. Con creciente excitación, cada uno trataba de meter dentro del ano del otro más dedos el placer iba aumentando de una manera incontrolable.
Sentí de pronto que su glande se inflamaba más al momento en que su mano tomaba mi cabeza apretándola contra su polla. Seguíamos moviéndonos mas rápido hasta que sentí su gemido explotar en el momento en que se leche golpeaba con fuerza sobre mi paladar. Nunca había bebido su leche y esa noche al tenerla en mi boca sentía un extraño placer, una excitación que no había tenido nunca antes. Me volqué de espaldas y mientras el besaba mis testículos y me cogía con los dedos, un placer infinito me abrazaba desde mis pies a mi nuca logré acabar sintiendo una fuerza tremenda en mi eyaculación que los chorros de leche saltaron hasta mi cara, mi pelo. Él se fue acercando hacia mi nuevamente bebiendo lo poco que quedaba en mi polla y recorriendo mi cara y mi cuello en busca del resto. Nos besamos largamente intercambiando sabores. Así quedamos tendidos sobre el edredón unos minutos. Sentí algo de frío. Estiré mi brazo para tomar el otro edredón y las almohadas. Nos cubrimos abrazados apretadamente. Ambos tácitamente preferimos no hablar, no decirnos nada, sólo sentirnos. Sólo nos movíamos apenas para besarnos silenciosamente.
Su cabeza apoyada sobre mi hombro y mi brazo derecho cruzaba por debajo de su cuello y mi mano apoyada sobre su brazo derecho. Ambos sólo teníamos un brazo liberado que de vez en cuando se movía para ejecutar alguna caricia acompañando nuestros besos. Acercando su mano a mi rostro para besarme, me dijo ¡ Te quiero tanto!. Yo sentía que sus palabras producían en mi en ese momento un efecto afrodisíaco. Creo que esa fue su intención porque su mano se deslizó directamente a mi polla que ya estaba dura. Me volví con mi cuerpo hacia él, acariciando desde su rostro a su pelvis. Su polla estaba tan dura como la mía. Me acosté sobre él permitiendo que nuestros cuerpos y nuestras pelvis se tocaran totalmente. No necesitamos mucho para retomar la pasión. El recuerdo de lo que habíamos disfrutado minutos atrás nos llenó de deseo nuevamente. Me senté sobre sus muslos dejando ambas pollas juntas. Puse saliva en mis manos y comencé a acariciarlas. Su cuerpo respondió con movimientos de ascenso y descenso. Nos movíamos al principio lentamente, buscando mas roce y mas placer mientras nos masturbábamos lentamente. El placer era inmenso y creciente.
Él se incorporó dándome la espalda y buscando con su ano mi polla. Se movía sobre ella acariciando el borde de su ano. Mis manos acariciaban sus nalgas, su cintura, su espalda. Sus manos, mis piernas, mis testículos y mi ano. Lubricó con abundancia mi polla y lentamente la fue introduciendo dentro de él. Salía unos instantes y volvía a introducirla. La luz que entraba por la ventana recortaba su cuerpo y yo podía ver a contraluz como iba penetrándolo, el entrar y salir de su cuerpo.
Se incorporó y se acostó sobre mi cuerpo, nos besábamos. Levanté mis rodillas para dejar mi polla en mejor dirección a su ano. Puse una almohada debajo de mi cola para lograr una penetración más profunda. Él se puso en cuclillas y comenzó a moverse, al principio lentamente. Yo lubriqué mi mano derecha y comencé a masturbarlo. Ese estímulo hizo que el acrecentara el ritmo de sus movimientos sobre mi polla. Yo gozaba inmensamente no sólo sintiendo como su ano recibía cálidamente mi polla sino que además su perfil a contraluz era como una película de nosotros mismos. Mientras más rápido se movía sobre mi, mas rápido movía mi mano sobre su polla. Con una de sus manos comenzó a acariciar mi ano, cuando metió sus dedos sentí que mi polla se endurecía aún más. Nuestra respiración denotaba que su excitación iba llevándonos al clímax. Sentí que su ano apretaba con fuerza mi polla, su cola contra mi pelvis buscando más y su movimiento se aceleraba. Sentí en mi mano que su polla reventaba y así fue. Se incorporó metiéndola en mi boca y su leche llenó nuevamente mi boca en el mismo momento que mi polla explotaba y derramaba mi leche en su espalda.
Me besó y con su lengua buscaba su leche en mi boca. Seguimos besándonos. Su boca se apoyo sobre mi cuello quedamos así abrazados nos envolvimos en el edredón y seguimos así unos minutos. No se cuantos porque poco después nos dormimos.
