Jamás pensé que algo así me llegase a suceder a mí, a mis treinta y tantos años, casado y con dos hijas, de la noche a la mañana, que de repente me gustase un hombre, era algo inaudito para mí. Creo que todo comenzó, cuando Ricardo se mudó con su familia a la casa al lado de la mía. Después de que terminó la mudanza, él y su esposa se dieron a la tarea de conocer a los vecinos, yo francamente ni me había enterado de que la casa de al lado la habían vendido. Pero cuando sonó el timbre de casa y salí a ver de qué se trataba, me encontré con ese tipo, normal y corriente más o menos de mi misma edad, sin ningún atributo físico en particular, pero que no sé que tenía él, que me cayó de lo más simpático.
Bueno desde ese momento, comenzamos una gran amistad, si no era él quien estaba en casa era yo quien lo visitaba, ya fuera para ayudarle en algo o simplemente para charlar y tomarnos unas cervezas, pero sin exagerar. Pero un fin de semana su mujer salió a visitar a su madre que según creo estaba enferma y Ricardo se quedó solo en su casa, mi esposa por otra parte, tenía una reunión en casa de venta de no sé qué producto, la cosa más aburrida del mundo para mí, por lo que cuando me preguntó ¿qué, por qué no me iba a casa del vecino?, vi el cielo abierto.
Hasta esos momentos lo de Ricardo y yo era simplemente amistad, o por lo menos así lo pensaba yo, hasta ese día. Cuando llegué a su casa, él se encontraba en pantalones cortos y camiseta, al igual que yo, viendo una película, algo aburrida, por lo que después de apagar la Tv, comenzamos a charlar de varios temas, sentados ambos en el sofá. Ricardo buscó un par de cervezas y seguimos conversando un rato de todo un poco, hasta que de momento, no sé el cómo ni el por qué, nos hemos quedado viéndonos fijamente a los ojos.
Fue algo que ni Ricardo ni yo pudimos controlar, lo siguiente que recuerdo, es que nos estábamos besando. Pero de manera tan ardiente, que la excitación que sentía en esos instantes era increíble, en mi mente no tenía otra idea que no fuera la continuar besándonos. Sus brazos me apretaban contra su cuerpo, mientras que yo a la vez lo acariciaba intensamente. Sentía que no hacía falta, que nos dijéramos una sola palabra, y entre besos y caricias, ambos quizás de manera inconsciente, nos quitamos completamente toda la ropa, ya del todo desnudos, nos seguíamos besando y acariciando mutuamente.
De momento sentí su mano sobre mi verga, y la erección que yo tenía era algo única. En eso me percato al colocar mi mano sobre su miembro, que al igual que yo, también Ricardo lo tenía completamente erecto. El que disfruté intensamente al agarrarlo con mi mano, ya que sentí su dureza y calor, mientras aun nos besábamos ardientemente. En mi mente de momento me preguntaba a mi mismo que estaba haciendo, besando y tocando a otro hombre como yo, pero casi instantáneamente ese cuestionamiento desaparecía, y en su lugar quedaba el placer de tenerlo entre mis brazos, y sentir el contacto de su piel contra la mía.
Por un largo rato ambos continuamos besándonos y acariciándonos mutuamente, hasta que no sé si fue él o si fui yo quien primero colocó su boca sobre la verga del otro. En uno de eso cortos momentos de conciencia, me di cuenta de que ambos estábamos mamando y chupando la verga al otro, como dirían vulgarmente haciendo el 69. Lo que Ricardo y yo teníamos en esos instantes, era una desenfrenada orgía de sexo, sabrosamente sentía su saliva y como su caliente y húmeda boca se tragaba por completo toda mi verga, al tiempo que yo sentía dentro de mi boca toda la tensión y sabor de su miembro, al que yo le hacía lo mismo que él me hacía a mí, con la boca. Transcurrió un buen rato, y ambos manteníamos la misma posición, hasta que deseoso de ir más allá, me incorporé dejando a Ricardo acostado boc
a arriba sobre el sofá, él se quedó como esperando a ver que iba hacer yo, me coloqué a su lado, pasé una pierna por sobre su cuerpo y tomando su miembro entre mis manos lo dirigí al centro de mis nalgas.
Sentí sus manos que me tomaban por mis caderas y poco a poco comencé a bajar mi cuerpo, hasta que sentí el calor y dureza de su colorado glande que rosaba la piel de mi esfínter anal. Hasta esos momentos nunca en mi vida había ni tan siquiera fantaseado o pensado en hacer algo semejante con ningún otro hombre, pero para mí lo que estábamos haciendo Ricardo y yo, para mí se convirtió en algo casi de vida o muerte.
Deseaba intensamente sentirlo dentro de mí, o yo estar dentro de él, poco a poco su ensalivado miembro, se fue abriendo fácilmente paso entre mis nalgas, y a medida que eso sucedía me fui sintiendo la persona más dichosa del mundo, con sus manos agarrándome por las caderas y apretándome suavemente contra su cuerpo, al tiempo que yo lentamente iba bajando mi cuerpo sobre el suyo, hasta que finalmente quedé por completo ensartado en su verga y prácticamente sentado sobre su cuerpo, era algo que como si lo hubiera hecho de toda la vida, comencé a mover mis caderas rotándolas lentamente, de lado a lado, de arriba abajo, y a medida que lo hacía apretaba y soltaba a voluntad mi esfínter.
Ricardo por su parte, acariciaba y apretaba todo mi cuerpo contra el suyo, sus sencillas pero intensas palabras me emocionaban y excitaban mucho más todavía. Con una de sus manos volvió a agarrar mi miembro y mientras metía y sacaba incesantemente su verga de mi culo, con gran habilidad comenzó a masturbarme, era algo que no me lo esperaba, ya para mí el disfrute de lo que me estaba haciendo era único, hasta ese momento, pero cuando sentí su mano arropando toda mi verga, subiendo y bajándola, el extremo placer que yo sentí en ese instante, se incrementó como en un mil por ciento. Al punto que cuando me vine el estallido de placer fue tal, que el gran chorro de semen que largué llegó a la pantalla del televisor.
Ricardo por su parte también se vino, pero deliciosamente dentro de mí, sentí como con mayor fuerza me apretó contra su cuerpo, y creí que me desmallaría, hasta que quizás creo haber sentido, como después de sus intensos embates, algo sabrosamente caliente me invadía por dentro, puede ser que haya sido mi mente. Pero el disfrute fue tal, que ambos nos quedamos recostados con nuestros cuerpos entrelazados, por un largo rato sobre el sofá de su sala, hasta que regresamos a nuestra realidad.

De momento me sentí sumamente avergonzado, no sabía que decir, y por su parte pienso que Ricardo se encontraba en la misma situación que la mía, casi llorando traté de comenzar a decirle que yo no sabía que me había pasado. Pero Ricardo se me adelantó y me expresó más o menos, lo mismo que yo pensaba decirle. Aun desnudos los dos nos abrazamos, y como algo incontrolable entre nosotros nuevamente nos besamos intensamente. Después de eso, ya más tranquilos fuimos hablando, de lo que habíamos sentido el uno por el otro. Nos prometimos mutuamente que eso no nos volvería a suceder, ambos amábamos a nuestras respectivas mujeres, pero lo que había sucedido entre nosotros dos era algo que de seguro, sería incomprensible para otras personas, por lo que de más está el decir que sería nuestro secreto personal.
Mis visitas a su casa, se fueron distanciando, aunque internamente me volvías loco por volver a estar entre sus brazos. Pero como al mes Ricardo, nos invitó a mi mujer, mis hijas y a mí, a pasar un fin de semana con su esposa en una propiedad que tienen en el campo. Todo desde que llegamos se fue dando de la manera más normal, ocasionalmente nos mirábamos, y entre nosotros surgía una ligera sonrisa de complicidad, hasta que el día sábado a eso de las tres de la tarde, Ricardo a la hora de la merienda nos invitó a montar a caballo, de inmediato la primera en decir que no iba lo fue su esposa, y casi de inmediato mi mujer dijo que ella tampoco iba, y que no pensara en llevar a las niñas. Que si lo deseaba nos fuéramos Ricardo y yo solos, que ellas se quedarían cociendo y charlando hasta que nosotros regresáramos.
Algo temeroso de lo que nos pudiera suceder finalmente acepté, Ricardo me comentó mientras comenzamos la cabalgata que iríamos al otro lado de la propiedad como a una hora a caballo, y luego regresaríamos. En el trayecto nuestra conversación fue sobre lo que veíamos a nuestro alrededor, pasamos o vadeamos un pequeño riachuelo, y después de un buen rato mientras aun cabalgábamos sonó el teléfono celular de Ricardo, era su esposa que le decía que mejor regresábamos porque se había desatado una tormenta, pero ya era algo tarde para nosotros, el pequeño riachuelo se había convertido en una fuerte corriente insalvable, por lo que Ricardo se volvió a comunicar con ella y le explicó la situación, después de lo cual él me condujo a un pequeño refugio que según me comentó lo habían preparado para ocasiones como esas, en que las lluvias impedían el paso del riachuelo.
Justo cuando llegamos al refugio, que resultó ser una pequeña cabaña de madera, se desprendió la tormenta, pero dentro nos sentíamos cómodos y seguros, los caballos estaban bajo un techo de zinc, protegidos de la lluvia. Fue cuando Ricardo me invitó a que nos bañásemos bajo la lluvia, y sin perder tiempo él se desnudó y así salió afuera a bañarse bajo la tormenta. Yo por mi parte, deseaba intensamente acompañarlo, pero tenía miedo a que se volviera a repetir lo que había sucedido en su casa, pero al verlo disfrutar de cómo el agua caía sobre su desnudo cuerpo, no me aguanté más y siguiendo su ejemplo me desnudé y salí fuera de la cabaña.
Ya afuera, fue cosa de segundos para que los dos nos volviéramos a besar, la copiosa lluvia bañaba nuestros desnudos cuerpos, y nos besábamos y acariciábamos como la primera vez. Bajo la fría lluvia nos dejamos caer al suelo, y fue Ricardo quien tomó la iniciativa, sin darme tiempo dirigió su boca a mi verga y sin detenerse se dedicó a mamármela, yo por mi parte me quedé tendido sobre el suelo, por unos instantes tratando de no dejarme llevar, pero finalmente mi boca buscó su miembro y al tiempo que él me lo mamaba, yo se lo mamaba a él. Por un momento me visualicé siendo nuevamente penetrado por Ricardo, pero en ese mismo momento Ricardo sacó mi verga de su boca y retirando la suya de la mía, se colocó en cuatro patas, dejando sus nalgas al aire, me dio una mirada de complicidad y supe en ese instante que sería yo quien lo penetraría a él. Mi excitación era tal, que no lo pensé dos veces, y colocándome tras de Ricardo con mi mano dirigí mi verga entre sus nalgas. A medida que lo iba penetrando, los gemidos y expresiones de placer que Ricardo me decía, me excitaban más aun todavía.
El ver como sus nalgas una y otra vez se tragaban por completo toda mi verga, me tenía del todo extasiado. Además mi amante vecino, movía sus caderas de una forma o manera que me tenía embrujado, fue cuando en cierto momento busqué agarrar su miembro con una de mis manos, para comenzar a pajearlo como él lo había hecho en su momento conmigo, y al sentir su verga entre mis dedos, mi excitación fue en aumento.
La lluvia aun caía con fuerza sobre nuestros desnudos cuerpos, mientras que yo lo penetraba una y otra vez, Ricardo continuaba moviendo y sacudiendo sus nalgas contra mi cuerpo. Hasta que quizás fue la excitación del momento, pero no pude aguantarme más y me vine dentro de su sabroso culo. Pero aun su verga se mantenía dura y caliente, Ricardo no se había venido, por lo que sin detenerme me abalancé sobre su cuerpo y con mi boca busqué su miembro, el que sin detenerme me puse a mamárselo intensamente bajo la lluvia, hasta que de momento comencé a sentir su semen como chocaba contra el interior de mi boca.
Después de esa travesura bajo la lluvia, los dos regresamos a la cabaña, nos secamos con nuestra ropa y calentamos con el fuego de la chimenea. Ya más calmados nos dijimos lo mucho que nos amábamos, y que desde ese día procuraríamos pasar más tiempo juntos, como en efecto ha pasado. En ocasiones Ricardo me monta, y en otras lo monto yo, como acostumbramos a decir, pero lo nuestro va más allá que el simple deseo carnal. Simplemente nos amamos. Esa noche los dos nos quedamos desnudos, nos dormimos abrazados, y en la madrugada comencé a sentir como su verga como comenzaba a rozar mis nalgas, por lo que sin mucho esfuerzo, Ricardo me volvió a penetrar.
Jamás pensé que algo así me llegase a suceder a mí, a mis treinta y tantos años, casado y con dos hijas, de la noche a la mañana, que de repente me gustase un hombre, era algo inaudito para mí. Creo que todo comenzó, cuando Ricardo se mudó con su familia a la casa al lado de la mía. Después de que terminó la mudanza, él y su esposa se dieron a la tarea de conocer a los vecinos, yo francamente ni me había enterado de que la casa de al lado la habían vendido. Pero cuando sonó el timbre de casa y salí a ver de qué se trataba, me encontré con ese tipo, normal y corriente más o menos de mi misma edad, sin ningún atributo físico en particular, pero que no sé que tenía él, que me cayó de lo más simpático.
Bueno desde ese momento, comenzamos una gran amistad, si no era él quien estaba en casa era yo quien lo visitaba, ya fuera para ayudarle en algo o simplemente para charlar y tomarnos unas cervezas, pero sin exagerar. Pero un fin de semana su mujer salió a visitar a su madre que según creo estaba enferma y Ricardo se quedó solo en su casa, mi esposa por otra parte, tenía una reunión en casa de venta de no sé qué producto, la cosa más aburrida del mundo para mí, por lo que cuando me preguntó ¿qué, por qué no me iba a casa del vecino?, vi el cielo abierto.
Hasta esos momentos lo de Ricardo y yo era simplemente amistad, o por lo menos así lo pensaba yo, hasta ese día. Cuando llegué a su casa, él se encontraba en pantalones cortos y camiseta, al igual que yo, viendo una película, algo aburrida, por lo que después de apagar la Tv, comenzamos a charlar de varios temas, sentados ambos en el sofá. Ricardo buscó un par de cervezas y seguimos conversando un rato de todo un poco, hasta que de momento, no sé el cómo ni el por qué, nos hemos quedado viéndonos fijamente a los ojos.
Fue algo que ni Ricardo ni yo pudimos controlar, lo siguiente que recuerdo, es que nos estábamos besando. Pero de manera tan ardiente, que la excitación que sentía en esos instantes era increíble, en mi mente no tenía otra idea que no fuera la continuar besándonos. Sus brazos me apretaban contra su cuerpo, mientras que yo a la vez lo acariciaba intensamente. Sentía que no hacía falta, que nos dijéramos una sola palabra, y entre besos y caricias, ambos quizás de manera inconsciente, nos quitamos completamente toda la ropa, ya del todo desnudos, nos seguíamos besando y acariciando mutuamente.
De momento sentí su mano sobre mi verga, y la erección que yo tenía era algo única. En eso me percato al colocar mi mano sobre su miembro, que al igual que yo, también Ricardo lo tenía completamente erecto. El que disfruté intensamente al agarrarlo con mi mano, ya que sentí su dureza y calor, mientras aun nos besábamos ardientemente. En mi mente de momento me preguntaba a mi mismo que estaba haciendo, besando y tocando a otro hombre como yo, pero casi instantáneamente ese cuestionamiento desaparecía, y en su lugar quedaba el placer de tenerlo entre mis brazos, y sentir el contacto de su piel contra la mía.
Por un largo rato ambos continuamos besándonos y acariciándonos mutuamente, hasta que no sé si fue él o si fui yo quien primero colocó su boca sobre la verga del otro. En uno de eso cortos momentos de conciencia, me di cuenta de que ambos estábamos mamando y chupando la verga al otro, como dirían vulgarmente haciendo el 69. Lo que Ricardo y yo teníamos en esos instantes, era una desenfrenada orgía de sexo, sabrosamente sentía su saliva y como su caliente y húmeda boca se tragaba por completo toda mi verga, al tiempo que yo sentía dentro de mi boca toda la tensión y sabor de su miembro, al que yo le hacía lo mismo que él me hacía a mí, con la boca. Transcurrió un buen rato, y ambos manteníamos la misma posición, hasta que deseoso de ir más allá, me incorporé dejando a Ricardo acostado boc
a arriba sobre el sofá, él se quedó como esperando a ver que iba hacer yo, me coloqué a su lado, pasé una pierna por sobre su cuerpo y tomando su miembro entre mis manos lo dirigí al centro de mis nalgas.
Sentí sus manos que me tomaban por mis caderas y poco a poco comencé a bajar mi cuerpo, hasta que sentí el calor y dureza de su colorado glande que rosaba la piel de mi esfínter anal. Hasta esos momentos nunca en mi vida había ni tan siquiera fantaseado o pensado en hacer algo semejante con ningún otro hombre, pero para mí lo que estábamos haciendo Ricardo y yo, para mí se convirtió en algo casi de vida o muerte.
Deseaba intensamente sentirlo dentro de mí, o yo estar dentro de él, poco a poco su ensalivado miembro, se fue abriendo fácilmente paso entre mis nalgas, y a medida que eso sucedía me fui sintiendo la persona más dichosa del mundo, con sus manos agarrándome por las caderas y apretándome suavemente contra su cuerpo, al tiempo que yo lentamente iba bajando mi cuerpo sobre el suyo, hasta que finalmente quedé por completo ensartado en su verga y prácticamente sentado sobre su cuerpo, era algo que como si lo hubiera hecho de toda la vida, comencé a mover mis caderas rotándolas lentamente, de lado a lado, de arriba abajo, y a medida que lo hacía apretaba y soltaba a voluntad mi esfínter.
Ricardo por su parte, acariciaba y apretaba todo mi cuerpo contra el suyo, sus sencillas pero intensas palabras me emocionaban y excitaban mucho más todavía. Con una de sus manos volvió a agarrar mi miembro y mientras metía y sacaba incesantemente su verga de mi culo, con gran habilidad comenzó a masturbarme, era algo que no me lo esperaba, ya para mí el disfrute de lo que me estaba haciendo era único, hasta ese momento, pero cuando sentí su mano arropando toda mi verga, subiendo y bajándola, el extremo placer que yo sentí en ese instante, se incrementó como en un mil por ciento. Al punto que cuando me vine el estallido de placer fue tal, que el gran chorro de semen que largué llegó a la pantalla del televisor.
Ricardo por su parte también se vino, pero deliciosamente dentro de mí, sentí como con mayor fuerza me apretó contra su cuerpo, y creí que me desmallaría, hasta que quizás creo haber sentido, como después de sus intensos embates, algo sabrosamente caliente me invadía por dentro, puede ser que haya sido mi mente. Pero el disfrute fue tal, que ambos nos quedamos recostados con nuestros cuerpos entrelazados, por un largo rato sobre el sofá de su sala, hasta que regresamos a nuestra realidad.

De momento me sentí sumamente avergonzado, no sabía que decir, y por su parte pienso que Ricardo se encontraba en la misma situación que la mía, casi llorando traté de comenzar a decirle que yo no sabía que me había pasado. Pero Ricardo se me adelantó y me expresó más o menos, lo mismo que yo pensaba decirle. Aun desnudos los dos nos abrazamos, y como algo incontrolable entre nosotros nuevamente nos besamos intensamente. Después de eso, ya más tranquilos fuimos hablando, de lo que habíamos sentido el uno por el otro. Nos prometimos mutuamente que eso no nos volvería a suceder, ambos amábamos a nuestras respectivas mujeres, pero lo que había sucedido entre nosotros dos era algo que de seguro, sería incomprensible para otras personas, por lo que de más está el decir que sería nuestro secreto personal.
Mis visitas a su casa, se fueron distanciando, aunque internamente me volvías loco por volver a estar entre sus brazos. Pero como al mes Ricardo, nos invitó a mi mujer, mis hijas y a mí, a pasar un fin de semana con su esposa en una propiedad que tienen en el campo. Todo desde que llegamos se fue dando de la manera más normal, ocasionalmente nos mirábamos, y entre nosotros surgía una ligera sonrisa de complicidad, hasta que el día sábado a eso de las tres de la tarde, Ricardo a la hora de la merienda nos invitó a montar a caballo, de inmediato la primera en decir que no iba lo fue su esposa, y casi de inmediato mi mujer dijo que ella tampoco iba, y que no pensara en llevar a las niñas. Que si lo deseaba nos fuéramos Ricardo y yo solos, que ellas se quedarían cociendo y charlando hasta que nosotros regresáramos.
Algo temeroso de lo que nos pudiera suceder finalmente acepté, Ricardo me comentó mientras comenzamos la cabalgata que iríamos al otro lado de la propiedad como a una hora a caballo, y luego regresaríamos. En el trayecto nuestra conversación fue sobre lo que veíamos a nuestro alrededor, pasamos o vadeamos un pequeño riachuelo, y después de un buen rato mientras aun cabalgábamos sonó el teléfono celular de Ricardo, era su esposa que le decía que mejor regresábamos porque se había desatado una tormenta, pero ya era algo tarde para nosotros, el pequeño riachuelo se había convertido en una fuerte corriente insalvable, por lo que Ricardo se volvió a comunicar con ella y le explicó la situación, después de lo cual él me condujo a un pequeño refugio que según me comentó lo habían preparado para ocasiones como esas, en que las lluvias impedían el paso del riachuelo.
Justo cuando llegamos al refugio, que resultó ser una pequeña cabaña de madera, se desprendió la tormenta, pero dentro nos sentíamos cómodos y seguros, los caballos estaban bajo un techo de zinc, protegidos de la lluvia. Fue cuando Ricardo me invitó a que nos bañásemos bajo la lluvia, y sin perder tiempo él se desnudó y así salió afuera a bañarse bajo la tormenta. Yo por mi parte, deseaba intensamente acompañarlo, pero tenía miedo a que se volviera a repetir lo que había sucedido en su casa, pero al verlo disfrutar de cómo el agua caía sobre su desnudo cuerpo, no me aguanté más y siguiendo su ejemplo me desnudé y salí fuera de la cabaña.
Ya afuera, fue cosa de segundos para que los dos nos volviéramos a besar, la copiosa lluvia bañaba nuestros desnudos cuerpos, y nos besábamos y acariciábamos como la primera vez. Bajo la fría lluvia nos dejamos caer al suelo, y fue Ricardo quien tomó la iniciativa, sin darme tiempo dirigió su boca a mi verga y sin detenerse se dedicó a mamármela, yo por mi parte me quedé tendido sobre el suelo, por unos instantes tratando de no dejarme llevar, pero finalmente mi boca buscó su miembro y al tiempo que él me lo mamaba, yo se lo mamaba a él. Por un momento me visualicé siendo nuevamente penetrado por Ricardo, pero en ese mismo momento Ricardo sacó mi verga de su boca y retirando la suya de la mía, se colocó en cuatro patas, dejando sus nalgas al aire, me dio una mirada de complicidad y supe en ese instante que sería yo quien lo penetraría a él. Mi excitación era tal, que no lo pensé dos veces, y colocándome tras de Ricardo con mi mano dirigí mi verga entre sus nalgas. A medida que lo iba penetrando, los gemidos y expresiones de placer que Ricardo me decía, me excitaban más aun todavía.
El ver como sus nalgas una y otra vez se tragaban por completo toda mi verga, me tenía del todo extasiado. Además mi amante vecino, movía sus caderas de una forma o manera que me tenía embrujado, fue cuando en cierto momento busqué agarrar su miembro con una de mis manos, para comenzar a pajearlo como él lo había hecho en su momento conmigo, y al sentir su verga entre mis dedos, mi excitación fue en aumento.
La lluvia aun caía con fuerza sobre nuestros desnudos cuerpos, mientras que yo lo penetraba una y otra vez, Ricardo continuaba moviendo y sacudiendo sus nalgas contra mi cuerpo. Hasta que quizás fue la excitación del momento, pero no pude aguantarme más y me vine dentro de su sabroso culo. Pero aun su verga se mantenía dura y caliente, Ricardo no se había venido, por lo que sin detenerme me abalancé sobre su cuerpo y con mi boca busqué su miembro, el que sin detenerme me puse a mamárselo intensamente bajo la lluvia, hasta que de momento comencé a sentir su semen como chocaba contra el interior de mi boca.
Después de esa travesura bajo la lluvia, los dos regresamos a la cabaña, nos secamos con nuestra ropa y calentamos con el fuego de la chimenea. Ya más calmados nos dijimos lo mucho que nos amábamos, y que desde ese día procuraríamos pasar más tiempo juntos, como en efecto ha pasado. En ocasiones Ricardo me monta, y en otras lo monto yo, como acostumbramos a decir, pero lo nuestro va más allá que el simple deseo carnal. Simplemente nos amamos. Esa noche los dos nos quedamos desnudos, nos dormimos abrazados, y en la madrugada comencé a sentir como su verga como comenzaba a rozar mis nalgas, por lo que sin mucho esfuerzo, Ricardo me volvió a penetrar.
