David Llach iba por la calle, salía de su trabajo, en un colegio de la zona alta de Barcelona. Iba cansado y era pleno mes de agosto, con lo cual el calor era sofocante, aflojó el nudo de su corbata, se la quitó y desabrochó un par de botones de su camisa, dejando entrever un bonito torso marcado y esculpido a base de ejercicio, libre de vello y de un precioso color tostado. Entró al metro y subió al tren corriendo pues las puertas estaban a punto de cerrarse. Al entrar en tropel chocó con otro chico, rubio, con los ojos mas límpidos y claros que jamás había visto, enmarcados por unas preciosas y abundantes pestañas negras como el ébano. Sus labios, carnosos, su tez, blanca y fina, denotaba una edad no superior a los 22 y su cuerpo parecía sacado del mismo Olimpo. David Llach iba por la calle, salía de su trabajo, en un colegio de la zona alta de Barcelona. Iba cansado y era pleno mes de agosto, con lo cual el calor era sofocante, aflojó el nudo de su corbata, se la quitó y desabrochó un par de botones de su camisa, dejando entrever un bonito torso marcado y esculpido a base de ejercicio, libre de vello y de un precioso color tostado. Entró al metro y subió al tren corriendo pues las puertas estaban a punto de cerrarse. Al entrar en tropel chocó con otro chico, rubio, con los ojos mas límpidos y claros que jamás había visto, enmarcados por unas preciosas y abundantes pestañas negras como el ébano. Sus labios, carnosos, su tez, blanca y fina, denotaba una edad no superior a los 22 y su cuerpo parecía sacado del mismo Olimpo.
El chico le era muy familiar, pero no le dio importancia. David se disculpó por el golpe y se sentó en una punta del vagón y el otro chico un par de asientos más hacia delante, quedando los dos frente a frente. David sacó su libro del maletín y se dispuso a retomar la lectura dónde lo había dejado en su trayecto anterior cuando notó una sensación extraña.
Se sentía observado, miraba a su alrededor pero nadie le miraba, así que volvió a prestarle la atención que exigía su libro. La sensación no remitía, seguía notándose observado y empezó a mirar de soslayo y descubrió que el joven rubio con el que había chocado era quién le observaba. Empezó a sentirse molesto e incómodo, ya le había pedido disculpas, ¿qué esperaba ese chico? ¿que se arrodillase y se la chupase para redimir su error? ¡Ojalá!.
Las miradas de ambos se cruzaban, David intentaba apartar la vista, pero no podía, el descaro del chico le invitaba a acercarse, le provocaba, le obligaba a mirar, así que, ni corto ni perezoso, guardó su libro y clavó su mirada en el joven.
Así transcurrió todo el trayecto, mirándose uno al otro, como petrificados, hasta llegar a la parada dónde David bajó. Salió del metro y empezó a dirigirse hacia su casa, el chico, por arte de magia apareció tras él, siguiendo sus pasos. David aceleró, empezaba a estar preocupado. El chico aumentó el ritmo para no perder la estela de su presa. David llegó a su portal, sacó sus llaves, la introdujo en la cerradura, giró el paño y entró cerrando con ímpetu la puerta, pero era demasiado tarde; el chico paró la puerta y entró con él.
David empezó a temblar, el chico se acercaba descaradamente, desafiante. David apretó los puños dispuesto a defenderse y se quedó congelado al ver que el chico, sin apartar sus ojos de los de David, introducía su mano en el pantalón del mismo, suavemente empezó a masturbarle. David tenía la polla a punto de reventar, notaba como toda la sangre de su cuerpo bajaba en torrente hacia su entrepierna, haciéndola mas voluminosa, mas cálida, humedeciendo su totalidad. El chico manejó con maestría su mano, apretando la punta, deslizando sus dedos por toda la polla. David no salía de su asombro, no podía aguantar más y desabrochó el pantalón del misterioso chico que le abordaba.
Los dos empezaron a despojarse de sus ropas, allí, en medio del portal, a la vista de cualquier transeúnte. Se acariciaron, rozaron sus cuerpos con ambas lenguas,… David empezó a bajar por el precioso cuerpo del chico, se detuvo en sus pezones, los lamió suavemente, los mordisqueaba,… El chico se estremecía de placer, emitía pequeños suspiros entrecortados, siguió bajando, entreteniéndose en cada recoveco, en cada hueco que aquel cuerpo perfecto le ofrecía, hasta llegar a la preciosa y enorme hombría del joven. La tomó con su mano, la acarició, la hizo suya y la introdujo dentro de su boca, la lamía, la succionaba con fuerza como si fuese el único alimento que saciase su hambre.
Sus miradas nunca se desviaban, siempre se miraban, cara a cara. David conocía a ese chico, no sabía de que, pero sabía que le conocía, aún así siguió con su menester. Cada vez notaba esa polla mas cálida, mas voluminosa, más rígida. El chico gemía, sin importarle que los vecinos pudiesen oírle. David se sentía excitado y con la otra mano empezó a masturbarse, no podía separarse de la entrepierna de ese chico, no podía dejar de mirarle a los ojos, se sentía atrapado, extasiado, hasta que de pronto, notó como el joven vertía todo su ser en su boca. David se corrió sólo de notar el cálido líquido recorrer su garganta. Saboreó la esencia del joven, siguió lamiendo para poder robarle hasta la última gota de su semen, hasta que el chico cerró los ojos, no podía mas. David se levantó, y le preguntó al misterioso joven:
-¿Cómo te llamas? Me resultas sumamente familiar.
- Me llamo Diego, Diego Ferrer, Sr. Llach.
David sonrió, se vistió y subió en el ascensor hacia su piso. Al entrar, su mujer, Claudia, le preguntó:
-Cariño, ¿Cómo que has llegado tan tarde?
David respondió:
-Me encontré con un viejo alumno, Claudia.
El chico le era muy familiar, pero no le dio importancia. David se disculpó por el golpe y se sentó en una punta del vagón y el otro chico un par de asientos más hacia delante, quedando los dos frente a frente. David sacó su libro del maletín y se dispuso a retomar la lectura dónde lo había dejado en su trayecto anterior cuando notó una sensación extraña.
Se sentía observado, miraba a su alrededor pero nadie le miraba, así que volvió a prestarle la atención que exigía su libro. La sensación no remitía, seguía notándose observado y empezó a mirar de soslayo y descubrió que el joven rubio con el que había chocado era quién le observaba. Empezó a sentirse molesto e incómodo, ya le había pedido disculpas, ¿qué esperaba ese chico? ¿que se arrodillase y se la chupase para redimir su error? ¡Ojalá!.
Las miradas de ambos se cruzaban, David intentaba apartar la vista, pero no podía, el descaro del chico le invitaba a acercarse, le provocaba, le obligaba a mirar, así que, ni corto ni perezoso, guardó su libro y clavó su mirada en el joven.
Así transcurrió todo el trayecto, mirándose uno al otro, como petrificados, hasta llegar a la parada dónde David bajó. Salió del metro y empezó a dirigirse hacia su casa, el chico, por arte de magia apareció tras él, siguiendo sus pasos. David aceleró, empezaba a estar preocupado. El chico aumentó el ritmo para no perder la estela de su presa. David llegó a su portal, sacó sus llaves, la introdujo en la cerradura, giró el paño y entró cerrando con ímpetu la puerta, pero era demasiado tarde; el chico paró la puerta y entró con él.
David empezó a temblar, el chico se acercaba descaradamente, desafiante. David apretó los puños dispuesto a defenderse y se quedó congelado al ver que el chico, sin apartar sus ojos de los de David, introducía su mano en el pantalón del mismo, suavemente empezó a masturbarle. David tenía la polla a punto de reventar, notaba como toda la sangre de su cuerpo bajaba en torrente hacia su entrepierna, haciéndola mas voluminosa, mas cálida, humedeciendo su totalidad. El chico manejó con maestría su mano, apretando la punta, deslizando sus dedos por toda la polla. David no salía de su asombro, no podía aguantar más y desabrochó el pantalón del misterioso chico que le abordaba.
Los dos empezaron a despojarse de sus ropas, allí, en medio del portal, a la vista de cualquier transeúnte. Se acariciaron, rozaron sus cuerpos con ambas lenguas,… David empezó a bajar por el precioso cuerpo del chico, se detuvo en sus pezones, los lamió suavemente, los mordisqueaba,… El chico se estremecía de placer, emitía pequeños suspiros entrecortados, siguió bajando, entreteniéndose en cada recoveco, en cada hueco que aquel cuerpo perfecto le ofrecía, hasta llegar a la preciosa y enorme hombría del joven. La tomó con su mano, la acarició, la hizo suya y la introdujo dentro de su boca, la lamía, la succionaba con fuerza como si fuese el único alimento que saciase su hambre.
Sus miradas nunca se desviaban, siempre se miraban, cara a cara. David conocía a ese chico, no sabía de que, pero sabía que le conocía, aún así siguió con su menester. Cada vez notaba esa polla mas cálida, mas voluminosa, más rígida. El chico gemía, sin importarle que los vecinos pudiesen oírle. David se sentía excitado y con la otra mano empezó a masturbarse, no podía separarse de la entrepierna de ese chico, no podía dejar de mirarle a los ojos, se sentía atrapado, extasiado, hasta que de pronto, notó como el joven vertía todo su ser en su boca. David se corrió sólo de notar el cálido líquido recorrer su garganta. Saboreó la esencia del joven, siguió lamiendo para poder robarle hasta la última gota de su semen, hasta que el chico cerró los ojos, no podía mas. David se levantó, y le preguntó al misterioso joven:
-¿Cómo te llamas? Me resultas sumamente familiar.
- Me llamo Diego, Diego Ferrer, Sr. Llach.
David sonrió, se vistió y subió en el ascensor hacia su piso. Al entrar, su mujer, Claudia, le preguntó:
-Cariño, ¿Cómo que has llegado tan tarde?
David respondió:
-Me encontré con un viejo alumno, Claudia.
